Poco después de la muerte de Panoptes, Mente Infinita, y la misión de la Ciudad hacia el Bosque Infinito:
Osiris dio un paso atrás para observar su creación. Se erguía varios pisos sobre él.
Había completado el reloj solar, una brillante baliza en el cielo de Mercurio. Tan solo quedaba cerrar el núcleo cronométrico, que se encontraba al descubierto en el centro de la espira, y activar los conductos de arco que recorrían kilómetros bajo la superficie del planeta.
Saguira rodeó la enorme estructura, escaneando cada rincón.
"No estoy muy segura", comentó.
"Yo no tengo ninguna duda. Es tu diseño".
"¡Mi trabajo es teórico! Si la Vanguardia llega a averiguar lo que has hecho para construirlo...".
"Si funciona, la Vanguardia lo descubrirá tarde o temprano".
Saguira se lanzó como un bombardero en picado, pero se detuvo en seco y lo miró a los ojos.
"Sé que te sientes culpable, pero no sabemos qué pasará si pones en marcha esta cosa".
"Murió por mi culpa. He tomado todo tipo de precauciones. Mis Ecos han calibrado millones y millones de situaciones catastróficas". Se giró para observar el ir y venir del fulgor del núcleo cronométrico expuesto. "Mercurio es el único planeta sobre el que tendrá efecto. Porque es donde él murió".
"¿Cuándo acabará esto? ¿Quién más vas a decidir que merece una segunda oportunidad?".
"Sabes que no puedo embarcarme en otro acuerdo como este".
"Solo quiero asegurarme de que lo tienes claro".
Osiris parpadeó. Saguira rara vez hablaba sin rodeos o un ápice de ironía.
"¡Eh, eh, eh!", resonó un grito lejano. "¡No! ¡No puede ser verdad!".
El Nómada apareció de detrás de una de las torres auxiliares del reloj solar mientras señalaba con un dedo acusador la máquina de Osiris.
Saguira entrecerró el ojo al mirar al portaluz rebelde y descendió hasta el hombro de Osiris. "¿Por qué está aquí?", susurró Saguira.
"Le pedí que echara un vistazo a la parte de ingeniería", respondió Osiris al cruzarse de brazos.
"Estás chiflado", espetó el otro hombre mientras caminaba en círculos alrededor del hechicero. Sus ojos escrutaban cada parte de la superficie del reloj solar.
Conforme los nudillos del Nómada tamborileaban sobre la torre norte, murmuró: "Espectro, haz los cálculos". Un Espectro blindado con un ojo rojo apareció de la nada y empezó a escanear todas las espiras del reloj solar.
El Nómada marchó hasta la espira central y puso la oreja contra esta. "Este núcleo...", dijo, acercándose. Sus ojos se volvieron de nuevo hacia Osiris. "Está susurrando".
La expresión de Osiris no cambió y tampoco descruzó los brazos. "Sellaremos el núcleo. Comprendo las ramificaciones".
"Buena suerte manteniéndolo bajo control. No es algo por lo que apostaría, figura". El Nómada se irguió y llamó a su Espectro con dos dedos. Este descendió por el aire y proyectó una serie de estadísticas holográficas a lo largo de la cubierta del reloj solar.
La luz roja se reflejaba en los ojos del Nómada conforme asimilaba los resultados.
"Tus matemáticas funcionan", dijo finalmente mientras su Espectro desaparecía. "Funcionará. Pero ¿podrás encontrarlo? ¿En el momento exacto que buscas? No hay garantías".
"Deja que sea yo quien se preocupe por eso", respondió Osiris.
"Solo tengo una pregunta más. ¿Por qué te complicas tanto?".
"Se lo debo".
"Yo le debo mucho a mucha gente, hechicero. Tú vas a abrir las puertas del infierno con una llave vex".
"Cuando el Viajero me trajo de vuelta, no tenía amigos. No tenía familia...".
"Nadie tenía nada durante la Edad Oscura".
"Pero San estuvo siempre ahí. Y lo vi pasar de ser un novato a un semidiós".
El Nómada se encogió de hombros. "Todos hemos renunciado a algo. Gana un par de tiroteos. Es por lo que seguimos aquí".
"Todos ganamos fortaleza, pero algunos portaluz no consiguen obtener una perspectiva general del mundo. Se contentan con seguir su camino... mientras se marchitan. Cuando podrían ser mucho más".
El Nómada rio por lo bajo y escupió, para después despedirse de Osiris con un solo dedo. "Me las arreglaré".
"Claro que sí. En eso somos iguales".
El Nómada sonrió con suficiencia.
"Pero San se enfrentó a sus miedos y a sus fracasos mejor que nadie. Jamás se desvió de su camino. Merece la oportunidad de ver cómo acaba todo".
"Ya lo hizo. Pero te dejaré con tus artilugios. Estás loco". El Nómada dio media vuelta, con las manos en los bolsillos, a punto de marcharse. "Si provocas un cortocircuito en el universo, estarás solo".
"Si cometo un error, puede que dejes de existir", respondió Osiris.
"Quizá no sea tan mala idea".
"No hemos hablado sobre el pago".
"Si sobrevives a este pequeño experimento, ten por seguro que volveré para cobrármelo".
"Vete a casa. Debes verte con un guardián", dijo Osiris.
"Sí, sí... Héroe. Guerra Roja. Estoy impaciente".
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Una docena de Ecos flanqueaban a Osiris.
El reloj solar giraba y brillaba sobre ellos y a su alrededor.
Sus Ecos se desvanecieron en ráfagas erráticas de arco cronométrico, sin llegar al dónde, sino al cuándo, conforme el reloj solar quedaba en silencio.
Osiris todavía podía ver y sentir a través de los doce Ecos que recorrían las galerías del tiempo.
En las zonas donde los pasillos se encontraban con la red vex, estos piratearon hobgoblins y minotauros con espadas solares impulsadas por pura voluntad. Escondían sus sombras y se mantenían inmóviles, sin pestañear, para evitar a las mentes de la red. Juntos, alcanzaron rincones que cedieron ante la Edad Oscura mercúrica.
A partir de ahí, se separaron para visitar los innumerables momentos en los que San estuvo en Mercurio.
Un Eco encuentra a un San endurecido por la batalla en la boca de la Cuenca Caloris. San es miembro de la guardia peregrina y tanto él como su escuadra descienden sobre baterías de goblins vex, guiados por el estallido de fuertes disparos. Este San es demasiado anterior. El Eco no se le acerca.
Tampoco lo hace el Eco que observa desde un rincón oscuro conforme la hipernave de San aterriza en un Faro en las Espiras Caloris. Su interior está sumido en las sombras. Aún falta toda una era para la modernización de la estructura por parte de la Secta de Osiris. San viene aquí para mantenerla a salvo de los conatos vex que intentan reclamarla. Ilumina la oscuridad a la vez que destruye minotauros con puños solares.
Un Eco se agazapa en un acantilado fuera de su alcance mientras, mucho más abajo, San usa su Luz solar para atravesar el suelo blindado de Mercurio. Las piedras solitarias alinean una serie de orificios que se extienden unos doce metros a cada lado.
Un Eco se esconde en una luz abrasadora a la par que San trabaja codo con codo con los quiebrasoles para construir la Fragua Ardiente. Los ruidos del martilleo y de la soldadura con nudillos solares y los trineos atraen a un silencioso desfile de vex hacia la zona de construcción. Los quiebrasoles se turnan para alejarse del puesto y dispersar a los intrusos con las mismas técnicas solares.
Un Eco espía a San desde un punto de observación en las altas llanuras de los Campos de Cristal. El titán lucha por su vida contra caídos de estandarte morado, luciendo el mismo símbolo que los modernos soldados crepusculares. Son de la Casa de la Lluvia, la más inferior. En el campamento en llamas a su alrededor, curiosamente, no hay cadáveres... pero Osiris recuerda a San contando esta historia. Una de las primeras misiones de San para el Orador lo trajo a Mercurio en un intento fallido de recuperar el planeta para la humanidad. Por aquel entonces, todavía desconocían que los vex ya habían comenzado a transformar el "mundo orgánico" en una máquina. La Casa de la Lluvia siguió a la hipernave de San y esperó hasta que la expedición asentara el campamento. Fue entonces cuando los caídos aniquilaron a los colonos que San debía proteger y le dieron una paliza hasta casi matarlo. Ahora, el Eco vive la historia de primera mano y se encuentra observando la vegetación terraformada a sus pies. Ya es medio máquina: hojas de hierba y metal que crecen unas junto a las otras bajo sus botas. Un queche ruge desde los cielos y descarga un aluvión de munición pesada sobre el campo de batalla, y el punto de observación del Eco se llena de nubes de polvo. El Eco se marcha. Ha visto suficiente.
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Los Ecos de Osiris rastrean la línea temporal de San-14 en Mercurio. Pero las galerías del tiempo se niegan a mostrar el momento que buscan: San y la Mente Mártir en las profundidades del Bosque Infinito. Los Ecos trabajan sin descanso durante semanas, meses en el espacio entre momentos. Desesperado, Osiris divide las doce copias en mil más, pues sigue sin obtener ningún resultado.
Un Eco permanece durante años en contra de las órdenes de Osiris. Jamás había perdido el control de ninguno antes. Ni siquiera pensaba que fuera posible. Él y los Ecos son iguales. Siente cómo la aberrante copia pierde el sentido de sí mismo. Unos años más tarde, siente cómo ese Eco le pone el frío metal en la cabeza.
Y entonces no siente nada.
Dos Ecos vagan por las galerías del tiempo con la orden de no detenerse. La fuerza bruta ya le había dado resultados a Osiris. A día de hoy, aún los siente. Su búsqueda continúa.
El resto acaban sucumbiendo a las medidas de seguridad vex allá donde la red se encuentra con las galerías del tiempo. Incluso la Luz de Osiris tiene sus límites.
Ninguno de los Ecos se acerca nunca a San. Jamás encuentran al correcto.
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Osiris está sentado en silencio en la base del reloj solar. No había pasado tiempo desde que se activó la máquina, pero ya había vivido toda una multitud de vidas.
Saguira sobrevolaba su hombro y preguntó, con esperanzas: "¿Ha funcionado?".
El hechicero se puso en pie y marchó hacia la frontera sur del reloj solar. "Apágalo. Guárdalo todo en un revestimiento sigiloso. Que nada ni nadie lo encuentre".
Osiris desapareció en una llama brillante.
Saguira observó la espira central del reloj solar.
"Maldita sea", susurró.