NACIDO EN LA IRA
"Ajá". Saguira conecta un filamento de Luz en la consola de la hipernave mientras se adentran en la negrura y las estrellas titilan a su alrededor. "Hay algo en la estática…".
"¿Qué es?", Pregunta Osiris.
"Una especie de transmisión subespacial. Espera". Saguira aumenta el nivel del receptor de la hipernave. "Es de los cabal".
"¿De dónde?". Osiris aparta distraídamente con el pie un saco de maíz dulce y se inclina.
"De algún lugar fuera del sistema. Tiene un fuerte sistema de encriptación, pero hay una frase que se repite. Un nombre. ¿Caiatl?".
"¿Cuántos líderes cabal siguen compitiendo sobre la tumba de Ghaul? Que se aniquilen entre ellos".
"Hay respuestas de Nessus, del Arrecife y de la ZME. Les pide a la Legión que vuelvan a casa… O, no… ¿que vuelvan a sus brazos? Quiere que capturen a Calus para probar su lealtad, pero parece que el Leviatán ha desaparecido".
"Sus sangrientas riñas no tienen fin. Si Caiatl está incitando a la Legión, la Vanguardia debe saberlo".
"Una de las respuestas ofrece un tributo a Caiatl desde algún lugar cerca del Tajo de Sorik. Algún otro ruido extraño también".
"Este mensaje", dice Osiris mientras señala una lectura en la pantalla del escáner de Saguira. "Caiatl va a enviar a un emisario para recoger el tributo".
"La Costa. No estamos lejos", dice Saguira. "¿Espiar o irrumpir?".
"Atacaremos cuando terminen con el intercambio. No quiero que el imperio Cabal sepa que tenemos sus comunicaciones intervenidas".
Una horda cabal se ha instalado en un refugio rudimentario, construido con piezas de cápsulas de asalto. Una luz verde brilla a través de las grietas. Un estandarte azul de los cabal yace en la mugre del barro burbujeante. Saguira y su guardián examinan la escena, encaramados en las ruinas sobre El Bullicio. Pasan la mayor parte de la noche en silencio. Con la única excepción de las continuas observaciones de Saguira. "Siguen acurrucados alrededor de esa roca".
"La paciencia es una virtud, Saguira". Osiris cierra los ojos bajo el cielo del Arrecife y espera las señales que le permitan adivinar los planes de la Oscuridad. Las estrellas parecen observarlo, mientras todo el peso del oscuro espacio se posa sobre sus hombros. Se extingue entre los años luz de los cuerpos celestes.
Gritos en la noche.
Osiris se agita y se despierta. Abre los ojos y ve la niebla de la Costa. "Saguira, informa".
"Siguen ahí. Dieciocho señales de vida. Ningún disparo. Nadie se ha movido. No me gusta".
Las horas vuelan. Llega el amanecer. No hay escaramuzas del cabal contra los repudiados, ni metalúrgicos que reparen escudos de las falanges con piezas fundidas, ni vigías psiónicos trazando líneas de fuego.
"¡Se mueven!". Saguira se asoma por el risco. La escotilla de emergencia de cápsula se abre de un golpe contra la pared de la cápsula. Diez se van: nueve formas inestables de un rojo apagado y una de un azul eléctrico. Se dispersan por la Costa.
Osiris se frota los ojos. "Por fin". Los ve a través de las grietas, los demás cabal se arrodillan formando un círculo estrecho. Una protuberancia pétrea emerge del centro.
"¿Cómo es la constitución de esa piedra?", pregunta Osiris.
"Bastante estoica, diría yo".
"Saguira, esto es muy sospechoso".
"Tienes razón, y odio cuando tienes razón". Tras unos instantes, el pequeño Espectro dirige los sensores de largo alcance hacia la piedra. "Ah, no es una piedra. Es un material de la colmena, es orgánico".
Osiris desciende con pluma de Luz hasta los estanques acres. Saguira lo sigue de cerca.
Atraviesa la puerta abierta de la cápsula. En cada palma, sostiene una danzante llama celestial. Hay ocho cabal dormidos.
Están acurrucados alrededor de la protuberancia. Sus enormes cuerpos forman un baluarte de carne temblorosa. Un fuego de alma llena de ampollas sus turgentes trajes presurizados. Esas ampollas sobresalen como ojos obsesionados y rabiosos, con una expresión desencajada de dolor. Las placas frontales están plagadas de lapas supurantes de la colmena. Las manos se aferran con fuerza a sus gargantas. Hay fusiles de postas postrados ante el ídolo.
Osiris avanza entre ellos sin que se den cuenta y baja las manos. Saguira se adentra en el perímetro cabal para escanear la protuberancia.
"Espeluznante. Ni siquiera se dan cuenta de que estamos aquí. Prepárate para abrir fuego". Mira a Osiris. "Es la roca más vascular que he escaneado".
Osiris echa un vistazo a la protuberancia de la colmena. Brillan motas metálicas y puede ver un largo camino vacío. Se aleja serpenteando. Siente ganas de plantar un enorme estandarte en esa cosa, para que todos lo vean. Una baliza, encendida con la llama del Fénix. Hay una terraza colgante de espadas sobre la naciente llama. La terraza domina el camino, como un precipicio en su garganta. Alza su Empuñasoles. Una cacofonía desgarradora hace estragos en sus sentidos.
SOY LA GUERRA QUE ANHELAS. PROPÓSITO ETERNO. UN LEGADO DE SANGRE.
"Está lleno de las venas del fuego de alma". La voz de Saguira es una brisa fresca para Osiris. Ella le da un empujoncito.
SI DESENFUNDAS ESPADAS, ME ATRAES.
"¿Oyes los susurros?". Le cuesta articular las palabras.
NO PUEDES SOBREVIVIR SIN INVOCAR MI ESTANDARTE.
"¿Oyes algo?". Saguira flota y se acerca a él.
ABRÁZAME, PORTALUZ, Y SÉ UN DIOS DE LA MUERTE.
"Susurros". Su mente se nubla.
Uno de los cabal se pone en pie y ve a Osiris.
"¡Reacciona! Se están despertando", exclama Saguira dice y se aparta.
CONSUME O SÉ CONSUMIDO.
El cabal se tambalea hacia él. Osiris despliega la incineración. Las llamas consumen el interior de la cápsula. Los cabal arrodillados despiertan de sopor y se encuentran rodeados de un aire abrasador. De los siete que quedan, dos caen bajo el granizo de fuego celestial. Osiris aterriza y alza una cascada de arco que atraviesa la masa informe de legionarios. Los rayos se doblan hacia adentro contra la protección magnética del escudo. Mantiene la tormenta sobre ellos hasta que el gel de presión escapa con un silbido de sus trajes.
Osiris exhala. El hedor de sus cuerpos calcinados lo invade. El humo se despeja. Horror, calcinación y carbón.
"Saguira…".
CODEPENDENCIA
"¿Vas a decirme qué ha sido todo eso?". Pregunta Saguira. Sobrevuela la consola de la hipernave.
"Ojalá pudiera. Solo recuerdo haber rastreado al emisario de Caiatl. Y haber encontrado a los cabal. El cielo nocturno. Y, luego, llamas y furia. Es lo único que recuerdo". Osiris se desploma en su asiento. "Solo recuerdo una cosa con claridad. El susurro de la Oscuridad que perseguíamos. Era como una aguja en mi espalda. Debe de ser el motivo de todo esto".
Mientras piensa en la senescencia, resuenan antiguas palabras de hierro en sus oídos.
"Pronto la Ciudad no va a necesitar gente como nosotros. Lobos solitarios, Osiris. Estamos desapareciendo.
Asegúrate de que, cuando llegue el final, sea por algo que merezca tu Luz".
"Vale", dice Saguira. Se le nota la preocupación en la voz, pero se esfuerza por ocultarla. "He enviado escáneres. De largo y corto alcance, a cualquier lugar en el que haya una presencia prominente de la colmena. Es imposible que esto sea un caso aislado del Arrecife".
"Petra, ¿cómo hemos estado tan ciegos?", musita Osiris. "La colmena se multiplica en la Oscuridad mientras los guardianes están distraídos con Europa. Había una advertencia en sus palabras y no la supe ver".
"Basta de lloriquear. Lo hemos cogido a tiempo. Quizá, eso sea bueno".
"No puedo pedirle a la Vanguardia que ignore Europa para investigar mis recuerdos borrosos y mis suposiciones. Acaban de empezar a tratar conmigo de nuevo, y la confianza es algo frágil".
Osiris desvía su atención hacia las alertas de resonancia que parpadean en los monitores de la nave. "Señales de tus escáneres".
"La Luna. Es una señal más fuerte que la que encontramos cerca del Tajo de Soriks".
Osiris alza la mirada. "Quizá tengas razón. Podemos acabar con esto antes de que empiece. "Llama a Eris".
"Lo he estado intentando. Pero… no contesta".
"Entonces, vayamos a verla".
"Oh, no. Primero eso y ahora una misión suicida a la Boca del Infierno. No estás en condiciones. Recupérate y hablamos".
Osiris le da vueltas a la situación. Saguira tiene razón. Tiene la mente nublada por la falta de sueño. "Entonces, da vuelta".
"Osiris, ya les he enviado a Petra y a la Vanguardia todo lo que tenemos. Nos vamos a la Tierra".
"Sea lo que sea esto, se está extendiendo por las entrañas del sistema. Hay alguien en la Costa que conoce esos senderos. Y estoy frágil, pero todavía puedo tener una conversación, Saguira".
"Seguro que hay mucha gente en la Torre que te podría ofrecer la misma ayuda".
Osiris la mira con furia. "¡No soy un viejo inválido!". Coge los mandos de la nave. "Da vuelta o la doy yo".
"Será mejor que la Araña tenga respuestas", suspira Saguira.
"Por lo que dicen, hay que ser persuasivo", dice Osiris y se dispone a seguir a uno de los asociados elixni de la Araña a través de unas cortinas color ciruela que conducen a la morada de la Araña. El gran Don de la Costa descansa ante ellos.
"Bienvenido, querido Osiris. Aunque no me hayas honrado con tu presencia antes, tu reputación te precede". La Araña entrelaza sus ocho dedos y su voz se quiebra en una serie de sorbos gaseosos entrecortados. "La lectura que me has enviado… Muy interesante, pero anticuada".
La Araña ríe. "Ya tengo a mis mejores hombres trabajando en estos… criptolitos. Pero yo nunca haría eso de… ¿cómo era? Ah, sí, "mirarle el dentado a un caballo regalado'".
Sus asociados corretean al fondo de la sala. Se apresuran a pasar la mercancía de unas manos a otras. Osiris observa sus movimientos. Uno de los asociados se acerca a la Araña y espera junto a él.
"¿Qué pasa, Arrha? Ya sabes que no debes interrumpir la audiencia de un invitado".
Arrha mira a Osiris y dice algo en elixni. La Araña da un golpe en la mesa. "¡Pues encuéntralo!".
La Araña mira a Osiris y Arrha se apresura a salir. "Lo siento. Por las interrupciones de trabajo a la luz de estos… tiempos tan difíciles", dice con un gesto lánguido. Le sobreviene una tos seca y coge respirador de éter.
"Los cabal no son los únicos con problemas, ¿eh?". Suelta Saguira y vuela frente a Osiris. "Sabes que hablo elixni, ¿no?".
Reproduce fragmentos de las señales de socorro cabal y las órdenes de los exploradores de Caiatl de bloquear los campamentos. Muestra imágenes de matanzas, tumbas y fortificaciones cabal vacías. "Si es tan difícil vencerlos, tus asociados deben de estar… ¿cómo era? Cayendo como moscas".
"El sabio de Osiris y su brillante Lucecita", murmura la Araña.
"Saguira", le corrigen ambos.
"Por supuesto. No hay razón para que esto no sea un acuerdo mutuamente beneficioso".
Osiris da un paso al frente. "¿De qué quieres hablar, Araña, soberano de la Costa?".
La Araña sonríe al oír ese título. "Sé que los criptolitos son de la colmena. Sé que las camadas que hay aquí queman estandartes de Oryx. Y sé que el esqueleto de su gusano, el de los anillos de Saturno, ha despertado". La Araña se encoge de hombros con sus cuatro brazos. "Mi jurisdicción no pasa de la orilla de la Costa, pero la vuestra no".
ACORAZADOS
Osiris empala la cabeza de una maga en una afilada estaca, rodeado de un sello de la colmena bañado en sangre fresca. La consola del Acorazado cobra vida con unas chispas al aceptar el tributo.
La vieja zona de teletransporte de Cayde ya no está operativa, pero la brecha que dejó el impacto del Dentalion Exodus VI sigue abierta. La entrada no ha sido difícil, a pesar de que las salas están plagadas de lacayos recién engendrados. Eran jóvenes. Su siglo de experiencia en el Bosque Infinito le había enseñado a Osiris la habilidad de pasar desapercibido.
Los sistemas del Acorazado son como recuerdos vivos, crónicas e himnos que cuentan historias. Es un rey de las ratas de ideas fugaces, sacudido por conexiones defectuosas e interpretaciones moribundas mientras Akka sufre una muerte lenta y definitiva, sin esperanza. Pero hay conocimiento que extraer. Osiris ordena a Saguira que extraiga los radios de datos de la consola para el alto mando de la Vanguardia.
"Has dado con el más repugnante. Yo paso de tocar eso. Díctamelo".
Osiris hace una mueca y coge la cabeza. Lee el relato de la colmena a partir de la muerte de Oryx. Están fragmentados, desmoronados por las luchas internas por el poder. Todo lleva a la historia de Savathûn: desterrada, marcada como hereje y destinada a arder. Muchos miembros de la colmena se unieron a ella cuando Oryx murió. Muchos de esas mismas camadas desertaron cuando la Oscuridad invadió Sol, lo que hizo que Savathûn tuviera que esconderse. Los sabuesos de la guerra la siguen atormentando. Su rival no tiene una historia que contar, porque todavía no está escrita en sangre. El celebrante de la guerra viene para quitarles a los huérfanos perdidos de Crota los planes de la Reina Bruja. Para crear unidad. Para ajustar cuentas. Para alcanzar la gloria. Luna se reformará a su imagen. Todos rinden tributo a Xivu Arath. Todos rinden tributo al acantilado negro de su espada cantora.
YO SOY EL FRAGOR DEL ÉXTASIS. YO SOY LA EMISARIA DE LA PAZ. YA CONOCÉIS MI ESTANDARTE.
"Xivu Arath", dice Osiris. Palabras dichas por compulsión. Suelta la cabeza de la maga y un humo esmeralda escapa de sus orificios.
Osiris se desploma sobre sus rodillas. "Este debe de ser el eco que hemos estado siguiendo. Un presagio de su voz que retumba por la Oscuridad y anuncia la guerra".
"Un dios de la guerra de la colmena. Esto no no puede ser bueno", dice Saguira.
"La tercera hermana. Finalmente ha venido a por nosotros y su campeona quiere suplantar a las demás hijas de Crota en Luna. Ahí es donde tenemos que ir".
Al abismo de Luna. Siguen el rastro de señales hasta el Abismo Resistente. Osiris se abre camino entre innumerables Pesadillas.
Queda inmóvil contemplándolo durante horas, o eso le parece. La Gran Cosa Angular, el confín de la noche que se reproduce en su mente.
"¿Sin palabras?". Pregunta Saguira burlona. "Quizá no sean tan malas". Se ríe entre dientes.
Siguen avanzando.
Osiris aparta las telarañas que se han formado sobre la sombra de la pirámide de Luna. Las fogatas iluminan un sínodo de brujas y magas en las profundidades del abismo. Todas alineadas hacia un sello monolítico de Xivu Arath colocado sobre un criptolito ornamentado con espadas: su voluntad, proyectada desde algún vacío cósmico. En la base de su semblante, un caballero monstruoso ataviado con tapices carbonizados por marcas abrasadoras.
"Ahí está", susurra Osiris.
"Junto con la Corte Escarlata", musita Saguira.
"El resto de la progenie de Crota y sus engendros se pueden destruir de un solo golpe".
"¿Por qué siempre tienes ideas suicidas? No podemos teletransportarnos fuera de aquí y estos monstruos no se limitan a matar. Te arrebatarán la Luz, Osiris".
"Todos están aquí, Saguira. Juntos en un solo lugar".
"Vales más tú que un montón de nobles de la colmena. Esperemos a que lleguen los refuerzos. Déjame subir a pedir ayuda".
"No. Acabemos con esto aquí y ahora. Vamos a pararle los pies". Osiris observa la asamblea. "Está decidido".
"¡No puedes tomar decisiones así como así!".
Osiris mira a Saguira. "Ve a pedir ayuda, pero no hay tiempo de esperar a que llegue la Vanguardia. Te veré pronto, con los refuerzos".
"Si tú vas, yo también". Ella descompila a salvo debajo de su armadura. Está decidido. Juntos lucharán contra la colmena.
Alas solares combustionan en la espalda de Osiris. Empuña una espada del alba en cada mano. El infierno que desata dispersa a los miembros de la colmena por todas partes. Voshyr y sus dos hijas, Yishra y Ayriax, se alzan para enfrentarse al Fénix. Quedan convertidas en ceniza antes de terminar los primeros encantamientos. Osiris levanta el apocalipsis a su paso. Quince vástagos nobles quedan reducidos a cenizas antes de puedan empezar a defenderse.
UNA RISA CORTANTE COMO UN CHOQUE DE ESPADAS.
Osiris surca el cielo y las dagas de poder oscuro cortan el aire con un silbido. Ecos dorados se separan de su cuerpo y persiguen a los enemigos que huyen en venganza. Kinox, la última hija de Crota, se escabulle por las grietas que hay entre las rocas. Mientras, su hijo Ulg'Urin y su séquito de caballeros menores alzan sus escudos para defenderla. Osiris extingue una espada en la palma de su mano para formar una singularidad de vacío. Luego, arroja una Bomba nova que los consume. A continuación, carga con la otra espada. La hunde en el suelo y eso desencadena la erupción de un Pozo de resplandor que aparece envuelto en un eco dorado.
Los nobles gritan órdenes de ataque a sus lacayos. Relámpagos de fuego y arco despedazan a los enemigos mientras Osiris salta por el vacío de un eco a otro. Su avance se detiene. Se posa sobre sus cadáveres calcinados y dirige las llamas hacia los jefes.
Osiris disfruta de la masacre. El sello de Xivu Arath bebe de su fervor y de la muerte de los nobles.
UNA RISA QUE DESGARRA COMO UN ALARIDO DE TERROR.
El semblante de ella se anima. El celebrante espera al pie del criptolito de Xivu Arath, ileso.
Los ecos de Osiris vuelven a empezar en su interior. "¡ENFRÉNTATE A MÍ!", exclama y da un paso al frente.
El semblante de Xivu Arath emite una onda de choque que retumba por el abismo. Le arrebata el Pozo a Osiris y lo lanza contra el suelo de piedra. Se da un fuerte golpe en la espalda contra el acantilado.
"¿Qué es esto?". La pregunta está a medio camino entre el interés y la sorpresa. Tira en vano contra una fuerza invisible.
TÚ QUEMAS LAS OFRENDAS, YO LAS ACEPTO.
La voluntad de Xivu Arath aplasta la presión de su Luz. Sella las flamas en su piel. Clava su cuerpo a la piedra con estacas. La imagen de ella se distorsiona en un lienzo cóncavo que lo envuelve, con el celebrante en el centro. Las sombras invaden y empapan los límites de su poder.
Osiris se concentra en la chispa de su centro. Las llamas ondean desde el interior. Incontables ecos dorados escapan de su cuerpo y ponen a prueba el control de Xivu Arath, haciendo presión en sus vulnerabilidades. El sol canta para repeler a las sombras. Encuentra un momento, consigue soltarse una mano y lanza su Alcance caótico. El rayo de arco desgarra el sello de Xivu Arath. Los fragmentos de fuego de alma se alejan a toda velocidad y la proyección de Xivu Arath se llena de grietas.
Ella sigue imperturbable, no piensa ceder.
RESÍSTETE A MÍ SI PUEDES, PORTALUZ.
Su voluntad lo supera, más fuerte que antes.
El celebrante da un paso al frente. Un enorme cuchillo cuelga de su mano, sin peso. La bestia talla una runa en las rocas que rodean a Osiris, sin apartar los ojos de los suyos. Asiente y se vuelve hacia el sello.
"Todos rinden tributo a Xivu Arath. Soberana de la guerra. Infinita". Su tono es áspero y débil.
Las runas se encienden como el brillo de un arlequín.
"Osiris". La voz de Saguira suena como una interferencia en sus oídos. "Uno de nosotros debe salir y avisarles".
"Lo siento, Saguira… Corre…", la dureza de sus palabras corta el aire.
El celebrante hunde su espada en la roca que está junto al acantilado, justo sobre la cabeza de Osiris. El criptolito estalla en una erupción de color neón.
"Que mueras bien, Osiris". El celebrante hace una reverencia y desaparece en las profundidades de Luna.
De su piel ensangrentada se desprenden hebras de Luz que se derraman por la espada clavada sobre él como una estaca.
La voz de Saguira es como un susurro. "No permitiré que se te lleven".
TU FUERZA VIVE EN MÍ.
"Dale a San… mi disco duro privado". Osiris exhala y cierra los ojos. Se ve a sí mismo en un millón de permutaciones. Cada camino es toda una vida fragmentada. Coge todo lo que puede de ellos. No tiene tiempo de saborearlos, pero sí de quedar inmortalizado en una bruma de nostalgia. En una de ellas, Osiris es un guerrero deslumbrante que repele los horrores que acechan en las noches más largas. En otra, una gárgola vigilante sobre el Bosque Infinito. Un anciano curtido que supervisa discípulos entusiastas.
En otras muchas, está muerto.
Pero hay en la que Osiris es feliz. Lejos de las guerras. Encuentra a San… Es un sueño cálido y sereno. La paz de su propósito. Con San, hay un futuro en el que no hacía falta nada más.
Tantos momentos no vividos, perdidos entre batallas. Desea que Saguira no hubiera venido a verlo morir. Su fiel compañera. Su Luz guía. Su esperanza. Su humanidad. "Saguira. De todas las vidas que he vivido, las que pasé a tu lado fueron las mejores".
Su Luz se apaga.
"Osiris, ¿por qué nunca me haces caso?". Se reúne frente a él.
"¿Qué estás…?".
"¡Silencio! ¡Escucha mis palabras!". Su iris brilla con Luz. "Aún tienes grandes cosas que lograr. No pierdas la esperanza". Irradia Luz.
Osiris exhala la palabra, como si pudiera contenerla: "No". Él lo entenderá, a su debido tiempo. Ella lo ha visto.
Una Luz cegadora brota del núcleo de Saguira mientras ella se fragmenta. Una onda de Luz emana y se desgarra por el abismo. Su sacrificio purifica los rastros de la presencia de Xivu Arath. El sello desaparece. El criptolito que sostenía su proyección queda destruido.
Osiris respira profundamente. A solas.
La égida de la Luz de Saguira permanece brillando con fuerza entre las sombras de la pirámide durante días.